Muchas sociedades humanas utilizaban adornos corporales permanentes e involuntarios para marcar y excluir a las personas. En la Antigüedad griega y romana, a los esclavos o a los prisioneros (de guerra) se les marcaban o tatuaban signos en el cuerpo. En Japón, durante el periodo Edo (1603-1868), se castigaba a los delincuentes con elirezumi kei: a los asesinos se les hacía un tatuaje en la cabeza y a los ladrones, en el brazo. También en Occidente, a los presos o a los soldados desertores se les aplicaban marcas punitivas en el cuerpo. Esta violación de la integridad física fue objeto de críticas, pero la práctica se mantuvo hasta el siglo XIX.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron el marcado de grupos enteros de la población como forma de identificarlos y excluirlos. Esto se hacía mediante signos en la ropa, como la estrella de David. En Auschwitz, el mayor campo de exterminio nazi, pronto se empezaron a utilizar los tatuajes. En 1941, a los prisioneros de guerra de la Unión Soviética se les asignó un número en el pecho. A partir de 1943, a todos los prisioneros se les tatuó un número en el antebrazo y, en ocasiones, un símbolo adicional: a los judíos se les tatuaba un triángulo y a los romaníes una «Z».

Los supervivientes solían hacerse borrar su número de campo después de la guerra. No fue el caso de Regine Beer, una de las pocas que regresaron de Auschwitz. Ella dio testimonio de los horrores de la persecución de los judíos. Conservó su tatuaje azul con el número A 5148 como recuerdo y como prueba de los horrores inconcebibles de Auschwitz. Por eso, tras su fallecimiento en 2014, legó su tatuaje al museo Kazerne Dossin de Malinas.

Amnistía Internacional informa de que, incluso hoy en día, algunos regímenes utilizan los tatuajes para marcar a los presos. En 2005, un congresista estadounidense llegó incluso a proponer que se tatuara a las personas infectadas por el VIH para poder identificarlas…
Esta historia ha sido creada por Geheugen Collectief para FAAM, el museo virtual.





