A finales del siglo XIX, un hombre de Samoa, una isla de Polinesia, se encontraba en Bruselas cuando falleció a causa del sarampión. La facultad de medicina de la ULB conservó su piel tatuada como objeto de estudio y curiosidad. (Hoy en día existe un acalorado debate sobre si es ético seguir exponiendo este tipo de restos humanos.) El hecho de que aquel hombre cubierto de tatuajes procediera de Polinesia no fue una coincidencia.
De hecho, el término «tatuaje» también procede de esa región insular de Oceanía, concretamente de Tahití. El navegante británico James Cook lo oyó durante su primer viaje por el Océano Pacífico (1768-1771). A bordo de su HMS Endeavour viajaba el botánico y artista Sydney Parkinson, quien, en su diario de viaje, introdujo la palabra tahitiana«tatau»en la lengua inglesa.

Los tatuajes no eran nada nuevo para los europeos del siglo XVIII. La momia más antigua hallada en Europa, el «hombre del hielo» Ötzi, tenía 61.
Esta práctica ya existía en la Antigüedad y es posible que nunca desapareciera del todo en la Edad Media. Sin embargo, a partir del siglo XV, gracias a sus expediciones de descubrimiento y conquista, Europa adquirió una nueva perspectiva sobre el uso de los tatuajes en otras culturas.
Los adornos corporales polinesios despertaban mucho la imaginación de los europeos. En las islas Fiyi, solo las chicas se hacían tatuajes; sin ellos, no podían casarse. Para los maoríes (en la actual Nueva Zelanda), tatuarse la cara era un ritual sagrado. En Tonga y Samoa, los guerreros se tatuaban por completo desde la cintura hasta debajo de la rodilla.

En diversos lugares, las potencias coloniales (cristianas) prohibieron las tradiciones milenarias del tatuaje. En la segunda mitad del siglo XX se produjo un resurgimiento, aunque los gobiernos siguieron prohibiendo en ocasiones el tatuaje manual con materiales de madera y hueso, a veces por motivos de salud, como ocurrió en la Polinesia Francesa en 1986. Los tatuajes polinesios también inspiraron a los occidentales a crear los «tatuajes tribales». Sin embargo, algunos consideran que utilizar de esa manera elementos de una cultura o religión de la que uno mismo no forma parte es una falta de respeto.
Esta historia ha sido creada por Geheugen Collectief para FAAM, el museo virtual.