Desde la Edad Media, los padres y los panaderos de Flandes hornean para la fiesta de los Reyes Magos, el 6 de enero, un pastel especial en el que esconden una haba seca. Quien encuentre esa haba en su porción del pastel será coronado rey o reina por un día. Se le colocará una corona de papel y podrá decidir cómo transcurrirá el resto del día.
Hasta principios del siglo XX, los dulces eran un privilegio de la clase acomodada. Además del azúcar, el chocolate y las frutas exóticas, como las naranjas, también fueron durante mucho tiempo muy caras.
Además, la gente común consideraba los dulces como algo «afeminado». Incluso cuando los precios del azúcar bajaron a finales del siglo XIX, fueron necesarias varias campañas publicitarias y gubernamentales para aumentar su consumo. Estas campañas destacaban su alto valor energético y su utilidad para el hombre común y trabajador.
En el siglo XIX, la burguesía atribuía un papel importante a las amas de casa: debían encargarse de que todo el mundo se quedara tranquilamente en casa gracias a una buena comida. Cuando, a finales del siglo XIX, estallaron huelgas de trabajadores industriales en Henao, el gobernador de esa provincia vio la solución en… ¡la tarta! Las mujeres de los huelguistas debían aprender a hacer tartas. Así, maridos e hijos estarían contentos, se sentirían a gusto en casa y no causarían molestias en la calle o en el bar.

A partir de la década de 1920, ya no había fiesta ni ocasión especial sin dulces: el tronco de Navidad en Navidad, la tarta helada con forma de cordero en la fiesta de la comunión, los caramelos de San Nicolás o de Carnaval… A lo largo del año, los pasteles y los dulces marcan los momentos importantes de la vida de las personas.

Esta historia ha sido creada por Geheugen Collectief para FAAM, el museo virtual.









