En 1904, el fabricante de motocicletas Sylvain de Jong comenzó a fabricar automóviles en Amberes.
Al cabo de unos años, dejó a un lado la moto. A partir de entonces, se dedicó a fabricar coches exclusivos en su nueva fábrica de Berchem. Sus bólidos eran famosos por sus acabados refinados, su fabricación a medida y su velocidad.
En poco tiempo, Minerva se convirtió en la marca de coches más prestigiosa de Bélgica. El rey Alberto I solía ponerse al volante de su Minerva, seguido por sus acaudalados compatriotas. Incluso Henry Ford, el gran jefe de la empresa estadounidense Ford Motor Company, el mayor fabricante de automóviles del mundo, compró un Minerva en 1912.
La acaudalada pintora Anna Boch se fue de viaje a Francia con su Minerva, donde pintaba rincones pintorescos durante sus excursiones. El famoso escritor Cyriel Buysse solo veía ventajas en un automóvil tan rápido.
La gran, grandísima ventaja del coche es que te permite llegar a lugares a los que, de otro modo, nunca se te ocurriría ir. ¿Quién se tomaría la molestia de pasar tres cuartos de día en un trenecito local que avanza a paso de tortuga para visitar una región o un pueblecito donde quizá le espere una vista bonita y pintoresca, pero quizá también una aburrida decepción? El coche encuentra esos rincones por el camino; ellos se le acercan solos.
Sin embargo, no todo el mundo estaba contento con el éxito del automóvil. Tras el paso del ruidoso y maloliente tren de vapor, se advirtió del peligro que suponía ese nuevo demonio de la velocidad. No solo el ruido y los humos de los gases de escape iban a perturbar la tranquilidad del campo, sino que muchos animales de granja acabarían aplastados por ese monstruo veloz.

Esta historia ha sido creada por OKV para FAAM - museo virtual.