La Iglesia católica y la pesca mantuvieron durante siglos un fuerte vínculo. Los pescadores ejercían una profesión peligrosa y, a menudo, buscaban apoyo en la fe. Los habitantes de la costa, por ejemplo, solían rezar a María, a quien llamaban Nuestra Señora de las Dunas.
Por el contrario, la propia Iglesia se dedicaba a la piscicultura. Este era sin duda el caso de las monjas cistercienses de la abadía de Herkenrode, cerca de Hasselt. Dicha abadía fue fundada en 1182 por el conde de Loon. Sobre todo a partir del siglo XVI, se convirtió en una comunidad monástica numerosa y próspera.
Las abadías como la de Herkenrode poseían muchas tierras. Las arrendaban para la agricultura, la ganadería y la piscicultura. Y es que el pescado era importante en la dieta de las monjas, a quienes no se les permitía comer carne los viernes ni durante la Cuaresma. Gracias a la piscicultura, siempre disponían de pescado fresco. El excedente lo vendían para obtener ingresos.
A partir del siglo XIII, las monjas de Herkenrode mandaron construir estanques artificiales, o «wijers», alrededor de su abadía para criar carpas.

Para ello se solían utilizar pozos que habían quedado en el paisaje tras la explotación de turba o mineral de hierro. El agua se conducía desde el río Demer a través de canales. La abadía también poseía estanques de pesca en otras zonas de Limburgo, como en la finca «Bouckrak» —que más tarde se convertiría en Bokrijk—.

Durante la Revolución Francesa, la abadía cerró sus puertas y fue vendida. Los estanques de Herkenrode desaparecieron. Sin embargo, la piscicultura de las monjas tuvo un gran impacto en el paisaje de los alrededores. En el siglo XIX, los criadores comerciales continuaron con la tradición de la piscicultura. La zona que rodea la antigua abadía sigue estando hoy en día salpicada de (antiguos) estanques piscícolas, los «wijers».
Esta historia ha sido creada por Geheugen Collectief para FAAM, el museo virtual.



